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Historias reales, heroínas silenciosas

Este homenaje es para las heroínas silenciosas que nadie se atreve a recordar. He aquí las historias que la realidad no se inventa y nos escupe como se escupirían feroces piedras en los ojos. Este homenaje es para las madres que nadie debería atreverse a olvidar.

Mercedes

Mercedes levantó a su hijo con los primeros rayos del sol. El pequeño Damián, todavía somnoliento, se despertó frotándose los ojitos y desperezándose cual oso. Como todos los días debía acompañar a su mamá al puesto de venta conocido como “Las mañaneras” ubicado en el centro comercial de la ciudad. Con apenas un bocado de pan y un sorbo de té, Mercedes salió de la casa con Damián en brazos. Ambos caminaron un par de calles hasta alcanzar la pseudo parada del minibús que los trasladaría hasta el mercado. Cuando subieron al transporte, Mercedes sentó a Damián en su regazo y le pidió que no se durmiera hasta llegar al puesto. Mientras el minibús avanzaba bajando una empinada cuesta, el conductor se dio cuenta de que algo no estaba en orden con los frenos del motorizado y anunció alarmado que iban a chocar. Mercedes, presa del pánico, tomó a su pequeño en brazos y lo acurrucó en su vientre. El impacto retumbó con un golpe seco y una lluvia de cristales quebrados baño a los pasajeros que se cubrían la cara con las manos ensangrentadas. Mercedes salvó de la muerte a su hijo con su cuerpo de madre y le regaló así una vida de huérfano.

Marcela

Marcela está a punto de cumplir los cuarenta. Después de tres abortos espontáneos, es este el primer embarazo que su cuerpo le permite llevar a término. Se registró en la maternidad del hospital de la ciudad hace cinco horas y quejándose de fuertes dolores en el vientre, contracciones pre-parto que la hacen gritar y llorar. Es la primera y quizás la última vez que se enfrente a un parto. Nueve horas más tarde, sus gritos no han cesado y por fin, con el último alarido desesperado Mario Antonio ha visto la luz del mundo y con ella la sonrisa desencajada de su madre. Marcela está desgarrada, pero feliz y realizada. Se ha convertido en madre después de una larguísima espera, de un fracaso tras otro y sin abandonar la esperanza de al fin poder disponer de sus senos para amamantar y de su amor para cobijar aquél pedacito de su cuerpo. El padre es sólo un registro anónimo más que el banco de semen se encarga de administrar con discreción.

Alicia

Una vez más, Alicia está lista para recibir su tratamiento de diálisis en el Hospital de Clínicas de la ciudad. Desde hace 3 años visita el nosocomio dos veces por semana en busca de un alivio pasajero que la libere de las molestias de su enfermedad, las molestias físicas porque las espirituales la persiguen y la agobian desde que su hijo, William fue quemado por los vecinos de Santa Rosa al ser confundido con un ladrón. Durante dos largos años se dedicó por completo a la recuperación de su hijo, hizo todo lo posible por conseguir las medicinas necesarias y se olvidó de ella misma y de su salud por entregarse a quien fuera la luz de sus días. Y sin embargo la muerte triunfó y se llevó a William. A Alicia le quedó sólo su ausencia y la certeza de una enfermedad que podría haberse prevenido a tiempo. Su última esperanza es encontrar un donante para que le transplanten un riñón.

Lidia


“Mi hijo sí puede, en educación física corre y hace deporte, en casa tiende su cama, lava los platos, me ayuda”, señala Lidia ahogando las lágrimas al referirse a Danner, su pequeño hijo de 5 años que sufre de sordera desde el día en que nació. Con lo que Lidia gana trabajando en un colegio de la ciudad, le alcanza apenas para la alimentación de sus hijos y de ninguna manera para poder costearle a Danner una educación especial y adecuada a su discapacidad, sin embargo se siente feliz de haber conseguido una unidad educativa fiscal en la que se preocupan por el desarrollo de su hijo, en la que Danner cuenta con el apoyo de una educadora especial y la comprensión de sus maestros. Aunque todavía se angustia por el futuro que le espera en la vida, confía en que algún día Danner podrá valerse por sí mismo sin su ayuda.

Yolanda

Yolanda no descansa ni siquiera los domingos. Parapetada en su puesto de venta de caramelos enfrente de un conocido banco, espera paciente a los primeros compradores de la mañana; son por lo general oficinistas y secretarias bien arregladas que necesitan fumarse un cigarro o mascar un chicle de menta. Al mediodía su puesto callejero se llena de escolares en busca de papitas fritas, empanadas, refrescos y masticables, cual abeja reina en su panal, Yolanda los complace a todos y no puede evitar pensar en sus propios hijos y en lo difícil que se hace mantenerlos día a día. Por la noche la venta reduce considerablemente y más aún cuando amenaza el frío del invierno. Aquel lunes, durante el cambio de guardia en la puerta principal del banco, uno de los guardias de seguridad desajustó su revolver de la cintura y la mala hora hizo que una bala fugitiva encontrara en el pecho de Yolanda su morada final. Yolanda yace desde entonces en coma, su puesto permanece cerrado y todavía sigue siendo difícil mantener a sus hijos día a día.

Historias reales adaptadas de noticias publicadas en el periódico La Razón.

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