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Mi remolque y la terapia alemana


Las calles de Karlsruhe me permiten llevar a mis hijos a remolque. Es la verdad, tenemos un pequeño remolque azul con un techo amarillo muy vistoso que se adhiere a través de un tubo a una de las barras de la bicicleta. Los niños van sentaditos y amarraditos con un cinturón especial dentro del transporte especialmente construido para ese fin.


Hoy –después de mucho tiempo– he llegado a casa con el remolque vacío, los niños están en la guardería y en el kindergarten respectivamente. Apenas iba bajando de la bicicleta cuando la pequeña silueta de una señora mayor asomó su gran nariz roja para husmear dentro de mi “Anhänger” –así se llama el remolque en alemán–. Este tipo de intromisiones ya me son familiares y conocidas. Aquí una mujer con hijos que camine por la calle, que viaje en tranvía o que lleve a sus hijos en remolque se hace automáticamente blanco de las críticas miradas de los comandos de abuelas y señoras metiches que siempre tienen algo que recomendar o criticar.

–!Los niños se estarán muriendo de calor allí adentro!

–No, señora, no lo están haciendo.


O en el tranvía:

–¡Que no se fija que su hijo mayor está pateando al menor!

–Claro que me fijo señora, y lo que usted ve como patada es un simple juego de niños.


O cuando lloran:

–A lo mejor tiene hambre o sed o sueño o calor o frío o el pañal lleno.

–Sí, señora, a lo mejor…


O cuando los niños quieren cantar en el transporte público las personas voltean a verme sin reparo alguno y entonces me pregunto si debo sellar la boca de mis hijos con una gran tira de cinta adhesiva para que no emitan sonido alguno.


En fin, todos los días tengo una historia como esta –puede que sea igual en todas partes del mundo, pero por el momento yo estoy en esta y esto es lo que vivo–, algunas veces de verdad me sacan de mis casillas y hay otras en las que trato de pasarlas mirando la sonrisa que me regalan mis vástagos en remolque, pero la señora de la nariz roja de hoy me ha hecho sentir bien.


Después de husmear me preguntó, ¡sí! me preguntó si llevar a los niños a remolque no significaba para mí un esfuerzo extraordinario. Me quedé callada primero, pensando en mis dolores de espalda y reprimiendo mis respuestas defensivas, y le dije que sí, pero que también tenía muchas ventajas. Ella me dijo que en sus tiempos no había esas cosas, que sus tres hijos eran ya mayores y que era la feliz abuela de tres nietos. La admiré por haber tenido tres niños y le confesé que muchas veces yo me siento bastante agotada con sólo dos. A ella le apenó que en Alemania las mujeres tengan cada vez menos niños y le echó la culpa a los largos años de estudio que los jóvenes tienen que pasar hasta poder empezar a ganar dinero y experiencia laboral, pues cuando todo eso pasa, las jóvenes parejas empiezan a bordear los cuarenta y es sabido que los años de fertilidad femenina tienen fecha de expiración. Por supuesto que también mencionó lo costosos –en términos de Euro– que pueden llegar a ser los hijos… Cada vez ropa y zapatos nuevos y conforme crecen, crece también el gasto, decía ella.


Para terminar con la terapia de la que fui testigo, la señora de la gran nariz roja se alegró de que los oscuros días de la guerra fueran ya parte del pasado, de que los bombardeos británicos y estadounidenses contra Alemania no fueran más que un mal recuerdo y que finalmente la paz reinara en Alemania. Me agradeció por la amabilidad que tuve al escucharla y sonriendo se despidió no sin antes piropear mi dentadura y mi juventud. ¡Yupi!

Comentarios

  1. :) Precioso Ana.
    Gracias por compartirlo. Hoy me han encargado cuidar a mi suegra, tengo un poco de tiempo para husmear tu blog, jejeje.

    Ros.

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