8 de agosto de 2011

Recuerdos viajeros de la Tierra sin Mal

A Camiri llegué una madrugada de Julio de 1997. Tenía los pies helados y una maleta llena de libros y ansiedades. Lo primero que hice fue conseguir un cuarto de hotel para depositar los restos de cuerpo que el cansancio de una infinita noche de flota destartalada y sin calefacción me había dejado. Ese fue el primer viaje que hice sola hasta tan lejos, quizás el más importante y uno de los mejores de mis años de universitaria. Había llegado hasta el agreste llano para hacer el trabajo de campo de mi tesis de grado. Al margen de las entrevistas semiestructuradas, mis diarios de investigación y mis observaciones participantes, el viaje me reveló la existencia de un pedazo de patria que se convirtió con los años en una de mis pasiones y al que he tenido oportunidad de volver sólo en un par de ocasiones más, me refiero al Chaco boliviano.

Camiri es un pueblo grande, quizás una ciudad pequeña; en todo caso un lugar acogedor, cálido y ya para entonces emprendedor y en pleno crecimiento. Después de mi primer paseo camireño decidí cambiar de alojamiento y me fui al Hostal Marietta, una pensión ubicada a cierta distancia del “centro” y cuyos ambientes luminosos y amplios me atrajeron más que el hotel de pasillos angostos en el que pasé la primera noche. La propietaria era una italiana robusta y de piel blanca, cariñosa y enamorada de aquel Chaco embaucador; es difícil no caer ante sus misteriosos encantos. Todavía tengo en la memoria sus labios rojos de carmín, espesos y la blancura de sus dientes destellando entre ellos.

Hasta el sureste de Bolivia me atreví, hasta la llamada Tierra sin Mal en busca del Pueblo Guaraní,  esa gente abierta, nada ingenua, orgullosa de su origen y bien corajuda. Los guaraníes identifican la Tierra sin Mal con las regiones caracterizadas por la abundancia de maíz y metales preciosos; la tierra en la que el guaraní podría vivir su ñande reko – modo de ser auténtico y reencontrarse con el Kandire, héroe mitológico guaraní que traería la liberación.

Durante mi estadía en Camiri asistí a una asamblea guaraní (jemboati) que se llevó a cabo en la comunidad de El Espino, ubicada en Charagua, el municipio aledaño a Camiri. Montada en la carrocería de un camión primero y más tarde en un jeep llegué hasta aquel ínfimo y hermoso rincón chaqueño. Ningún concierto me pareció más entonado que el que se escuchaba brotar de aquel galpón repleto de guaraníes hablando en su dulce y cantarina lengua. Claro, yo no entendí absolutamente nada. Cuando el atardecer era un hecho irrenunciable, comencé a recorrer El Espino en busca de un lugar para pasar la noche. Con un puñado de sonrisas y buenas intenciones regresé al lugar del que había partido pensando que sería mi primera noche a la luz de la estrellas.

En mi desesperada desazón, un poblador me informó que esperaban a la ambulancia que recorría la región de tanto en tanto y que tenía como destino final Charagua. Viene la doctora, me dijo, mientras yo oteaba el horizonte con ansias, imaginando ambulancias en cada sombra que se avecinaba. Verla llegar me alivió el cuerpo y me desató los recuerdos. La pequeña silueta de la doctora se movía diligente entre la ambulancia y la improvisada parada. Mientras retornábamos a Charagua, pensé en mi mamá, en su viaje de universitaria por aquellos mismos parajes juntos a sus compañeros de Medicina de la UMSA hacía décadas atrás. Le pregunté a la doctora si conocía al “Papi Rojas”, aquel estudiante de origen chaqueño que había hecho de anfitrión durante la visita de mi progenitora. “Es mi papá”, respondió la doctora con una amplia sonrisa que una vez más me devolvió la certeza de la inexistencia de las casualidades, simplemente conjura lo que es, cuando tiene que serlo.

La noche chaqueña es una espesa niebla, los faros de la ambulancia apenas divisaban el camino y sus múltiples sorpresas: sinuosas curvas, pendientes pedregosas, esqueletos de bosquecillos, pies de monte, desiertos y las rojas pupilas de los zorros de monte que pese al espanto de aquel motor rugiente atravesando los senderos del chaco, todavía se atrevían a mirarnos de frente antes de brincar a un costado del camino y desaparecer como fantasmas a los que se traga la oscuridad sin dejar siquiera un rastro de polvo.

Al día siguiente llegué a Camiri y sentí la sonrisa de Marietta como un abrazo de bienvenida. Así continuaron mis indagaciones, mis encuestas y mis apuntes de campo. La hipótesis comprobada: el Chaco es una auténtica y entrañable perla, un cúmulo de parajes y de seres inauditos, de recorridos caprichosos y soberbias energías. El chaco es una pasión que se añora y se hace respetar. 

Este texto participa en el Concurso de Relato "El mejor viaje de mi vida" organizado por el Sistema de las Naciones Unidas y el periódico Página Siete en el marco de la Campaña Convivir, Sembrar Paz.

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