
Mi primer libro de alemán fue un policopiado
de color azul que mi mamá había forrado con papel madera y plástico como el
resto de todos mis libros escolares. Contaba con ocho años e iba al tercer
grado de la primaria, que en aquellos tiempos era el tercero básico. Mi primera
profesora fue Frau Córdova, una mujer
bajita, sonriente y tan boliviana como todos/as sus alumnos/as, pero que
pronunciaba el alemán de una manera –que por ese entonces– nos parecía muy
divertida. Permanecen en mi memoria dos nombres que aprendí en aquel primer
libro de alemán, el de Lieselotte, la niña de trencitas que aparecía en las
primeras páginas del policopiado azul y el de Lumpi, su perro, aquél que no
decía “guau, guau, guau” como todos los canes de “ladra hispana”, sino “wau,
wau, wau”, como lo hacen los cuadrúpedos del primer mundo... por lo menos en
lenguaje escrito.
Cuando cursaba primero intermedio, lo que hoy
es sexto de primaria, continué aprendiendo alemán con el maestro Ronald
Kentschke, un hombre corpulento y que a todos los mocosos onceañeros nos
parecía un gigante rubio y de ojos verde-azulados. Ahora comprendo que era un
lujo tener un hablante nativo como profesor que se dedicara a enseñarnos el
idioma. Herr Kentschke nos introdujo además, en el mundo del teatro; con él
formamos un elenco numeroso que interpretó El Principito – Der kleine Prinz en el escenario del colegio, lo hicimos en alemán
y fue una experiencia inolvidable. Después de que Herr Kenstschke se marchara
del colegio y del país no supe más de él hasta casi 20 años después. Un día del
2004 me presenté en la secretaría del Centro de Idiomas de la Universidad de
Karlsruhe en Alemania para firmar una lista, me llamó la atención leer el
apellido Kentschke en la nómina. Imposible, pensé, era el apellido de aquel
gigante rubio y de ojos verde-azulados que me había hecho interpretar al
Principito en mi natal Oruro. Sería demasiado, me dije y ya que no perdía nada
preguntando, indagué con la secretaría. ¡Único! Se trataba de mi maestro. Pedí
que me diera sus datos y un buen día lo llamé por teléfono e incluso nos
encontramos para conversar (en alemán). Aunque se veía un poco diferente y a mí
me daba la impresión de que había reducido de tamaño (yo había crecido en
realidad), su timbre de voz y su forma de ser estaban intactas después de casi dos
décadas. Todavía no puedo creerlo.
Vuelvo a mi época escolar... en secundaria
continué aprendiendo el idioma germano con profesoras europeas, Frau Delia
Schipporeit y Frau Angela Sivila. Delia era una mujer bastante corpulenta,
maciza y alta, en algún momento llegué a pensar que era la reencarnación femenina
de Herr Kentschke. Sus zapatos me parecían inmensos y la bolsa de cuero marrón
que cargaba a todas partes, un misterio insondable. Ahora que soy maestra, el
misterio está resuelto, sólo que el mío va guardado en una mochila azul. A Frau
Sivila la recuerdo desde mis primeros años en el colegio, era la única
profesora extranjera del plantel docente que vivía en
Oruro. De niña me preguntaba si algún día llegaría a ser mi maestra y tuve la
fortuna de que así fuera durante los últimos años de colegiala.
Una vez fuera de las cuatro paredes protectoras
de mi Deutsche Schule en Oruro, formalicé mi romance con el idioma en el Goethe Institut de La
Paz. Si saco cuentas, fueron largos años de aprendizaje hasta el día que por
fin me tocó aterrizar en el monstruoso Aeropuerto de Frankfurt para constatar
que aquel idioma que en ciertas etapas me pareció imposible de comprender, era
en realidad un llave que me permitiría construir nuevas experiencias, sembrar amistades imperecederas y escribir vivencias que se llevan en el corazón; así también descubrí un país inmenso e intenso en muchos sentidos, una galaxia paralela de encuentros y desencuentros interculturales que siempre vale la pena recordar para volver a aprender. Hoy,
8 de septiembre, Día del idioma alemán, cabe una palabra: DANKE!
No sabía yo que ayer fue el día del idioma alemán, ni tampoco que dominabas el idioma. En España están aumentando cada vez más las solicitudes para estudiarlo. ¿Es complicado de aprender?.
ResponderBorrarSaludos.
Hola Nacho:
ResponderBorrarGracias por leerme. Aprender no es complicado, todo requiere de dedicación, nada más. Personalmente encuentro el alemán un poco más difícil que el inglés, pero sin embargo, es posible aprenderlo y hablarlo :)
Saludos,
Ana Rosa