
Bien podría haberme quejado de la lustrada que recibieron
mis zapatos esta mañana. Antes de solicitar el servicio, me fijé si tenía
monedas con las cuales pagar. Con la certeza monetaria confirmada me acerqué al
caballero y le solicité el lustre. Tardó un par de segundos en reaccionar a mi
pedido y otros tantos en posicionarse sobre su diminuto banquito y comenzar a
hacer saltar los cepillos que parecían tener vida entres sus manos y que se
resistían a quedarse quietos.
Poco tardé en darme cuenta de que las ancianas manos del
caballero eran las que en realidad, se resistían a hacer su trabajo. Eran unas manos
cansadas que mejor función cumplirían acariciando las cabezas de alguno que otro
nieto, pero no, el caballero no puede dejar su puesto ni su esquina, tiene que
comer.
Repartiendo miradas entre mi reloj pulsera y la pobre
agilidad de aquellas manos, me di cuenta de que la negrura de mis botines se
fue convirtiendo pronto en un menjunje de betún marrón. No di crédito a mis ojos. "Son negros", pensé boquiabierta. Mis zapatos favoritos son negros, pero allí estaban, "dos negros marrón". Consumado el "negricidio" de mis zapatos, el caballero me golpeó la suela y me dijo "yastá". Yastaban, yestaban. Le alcancé la moneda y me retiré a paso cansino sin poder dejar de mirar mis zapatos y su nueva fachada. Dos negros marrón.
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