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Como esperando a Silvio en un 15 de abril inolvidable

¿Lunes? ¿Cómo en lunes? ¿Por qué? Acto seguido se extendieron en mi cara la tristeza y la desilusión. Me preguntaba si también habría sido lunes la primera y única vez que el cantautor cubano Silvio Rodríguez cantó en mi Oruro natal, cuando yo apenas contaba con ocho años de edad y cero de trova. Treinta años después, se presentaba una nueva oportunidad, quizá la última en Bolivia.

Aún estando en La Paz, me parecía imposible estar un lunes laboral en Santa Cruz para presenciar el que, sin lugar a la mínima duda, fue uno de los mejores conciertos de mi vida. La magia “silviera” hizo realidad un sueño que, como quien escribe, acariciaban miles y miles de bohemios, trovadores y troveros a lo largo y ancho del país. Valga el espacio para agradecer al dúo Negro y Blanco y a los jóvenes miembros del comité impulsor denominado “Silvio en Bolivia” que, desde su creación el 14 de septiembre de 2012 en Cochabamba y hasta la llegada de Silvio en abril, se ocuparon, primero, de presentarle al Ministerio de Culturas del Estado Plurinacional la idea de traer al cantautor a Bolivia y, segundo, de realizar una serie de actividades como la proyección de documentales, tertulias y conciertos en varios departamentos. “Ojalá” fue una de las producciones audiovisuales que recorrió toda Bolivia retratando al trovador caribeño y al Movimiento de la Nueva Trova del que es fundador.

El lunes laboral llegó. A las 14:40 pisé tierras orientales y mi corazón comenzaba a palpitar de otra manera. A las 17:00, la Plaza 24 de Septiembre se hizo escenario de reencuentros imprescindibles con amigos y amigas con los que compartí los 90 apasionados por Silvio, por cada uno de sus versos y de sus cantos que eran capaces de removernos las más íntimas fibras de nuestra juventud y nuestras utopías.

Con abrazos a flor de piel, emprendimos caminata hasta el estadio Tahuichi Aguilera. Entre carcajadas recordamos nuestras andanzas “silvieras” en La Paz. Nuestras trasnochadas semanales en el boliche La Bodega de la calle Goitia, en el que Pepe Baldivieso tocaba los acordes de “El Maestro”. Con cada cuadra que avanzábamos íbamos retrocediendo en el tiempo, recordando cuando todavía Negro y Blanco no era un dúo y nos deleitaba con Silvio en las veladas del taller de música popular de la Universidad Católica Boliviana.

Así, rejuvenecidos, llegamos a la cita urgente junto con las primeras luces del atardecer. Hicimos cola, una cola divertida. De cuando en cuando nos distraían los gritos de María Galindo que iba pregonando sus bolsas de tela estampadas con la cara de Silvio, a treinta y cinco bolivianos cada una. La impaciencia fue in crescendo cuando vimos movimientos en la puerta que correspondía a nuestra credencial blanca. A las seis y pico le pregunté al guardia de la boletería que a qué hora abrirían las puertas. “A las seis en punto”, me contestó con disciplina castrense. Me sonreí. Le sonreí. Son las seis y pico oficial, le dije. Él se sonrió.

Algunos minutos después de las 19:00 entramos al estadio, algunos dando brinquitos como niños en el parque. A esa hora la recta general se veía realmente medio vacía, difícil decir que medio llena. Las curvas estaban apenas salpicadas de espectadores. La zona vip tampoco lucía robusta de humanidades. Apenas entramos nos ubicamos entre las primeras filas. Las caras conocidas y queridas comenzaron a menudear igual que los abrazos y más recuerdos. 



 A las 20:35, el escenario dio a luz al concierto. Negro y Blanco interpretó algunas de sus más conocidas composiciones. El momento se acercaba. La piel se me eriza todavía. Ingresaron al escenario los talentosos miembros del Trovarroco, trío que acompaña a Silvio en esta gira. Y comenzaron a llover acordes. Junto a ellos estaba la sonriente esposa de “El Maestro”, Niurka Gonzáles, con la flauta traversa y el clarinete. En ese instante reconocimos a Silvio con sombrero entre las bambalinas. “¡Allí está!”, gritamos mientras él le tomaba fotos al público que paulatinamente fue llenando las curvas y la recta del Tahuichi. El lunes laboral no se había salido con la suya.

A las 21:15 ingresó Silvio al escenario. De pie en el centro de las tablas, se levantó el sombrero a manera de saludo y, en cuanto tomó su guitarra, comenzamos un viaje alucinante que concluyó dos horas y media más tarde.

Veinticinco canciones nos obsequió Silvio. Fue un concierto de alta calidad musical y profesional. Faltaron muchas y sin embargo nos quedó la vívida impresión de que cantó todas. Hizo sólo tres menciones personales. La primera dirigida a Gabriel García Márquez, con quien compartiera hace varias décadas el avión que los llevó a ambos a México desde La Habana. Eran los dos únicos pasajeros. De aquella travesía surgió la canción “San Petersburgo”. La segunda fue para los cinco cubanos que desde 1998 guardan prisión en los Estados Unidos, bajo cargo de supuesto espionaje. Para ellos Silvio cantó “Cita con ángeles”. La tercera llegó como Silvio al escenario, con aplomo: “Esta canción se la voy a dedicar a vuestro Presidente”, dijo y se mandó una versión magnífica de “El necio”. Evo lo observaba en primera fila acompañado de otras autoridades de Estado.



“Días y flores” comenzó a deshojar los gritos de un público en trance con el trovador cubano. Todas las canciones que le siguieron fueron coreadas a gritos por las casi veinte mil almas que llenaron las instalaciones del estadio. Cuando Silvio terminó de cantar “La Maza”, llevábamos ya un repertorio de trece temas. El clímax llegó con “Ojalá”, “Te doy una canción” y “Unicornio”. Silvio se puso de pie para cantar “Ojalá”, no tocó la guitarra, solo cantó acompañado de los acordes del Trovarroco. Y no fue la única canción cuyos arreglos musicales sorprendieron y gustaron. Esta alta dosis de magia contribuyó severamente a las lágrimas que “La gota de rocío” no pudo contener.

“Pequeña serenata diurna” cerró con broche de oro una noche histórica y delirante. No hubo “Playa Girón”, tampoco “Como esperando abril” y sin embargo abril estaba allí, pleno de versos y emociones, con un repertorio que reflejó con fidelidad los casi 40 años de trayectoria del trovador cubano. Silvio volvió al escenario dos veces, nos dijo que estaba contento de estar en Bolivia, “de verdad que sí”. Y nosotros le gritamos con fuerza, “Silvio, te queremos/Silvio, te queremos”.

A las once y media de la noche Silvio ya no estaba en el escenario. El eco de su voz nos retumbaba todavía en la piel. El cielo oscuro se llenó de luces de colores, fuegos artificiales, estallidos y después el final. El lunes laboral llegó a su hora veinticuatro abarrotado de magia y poesía.

“Hoy recuerdo mariposas que ayer sólo fueron humo,

mariposas, mariposas que emergieron de lo oscuro,

bailarinas silenciosas”.


Texto publicado en el Suplemento "Ramona" del periódico Opinión de Cochabamba, edición del 21 de abril de 2013 

 
 

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