
A los tres
años de edad, el 7añero de hoy dormía rodeado de un séquito de muñequitos, pelotas
de colores y juguetitos. Uno de ellos, el más querido, era un pequeño “Lightning
McQueen” que vibraba divertido cuando se le estiraba la tira que traía en la
parte trasera y que en casa era comúnmente conocido como “ato-tele” (el auto de
la tele). Que mi hijo se viniera por las noches a nuestra cama era un trabajoso
traslado. Había que cargar todos los juguetes que custodiaban su sueño y
acomodarlos para que los tres (o los doce) pudiéramos seguir durmiendo. Ahora
no hace falta el séquito, se viene solo y se expande en la cama con brazos y
piernas sin percatarse de los puñetazos y las patadas que propina a los
durmientes de su cama ajena.
Le gustan
las matemáticas, le fascina el fútbol, la bici (aprendió a los tres), escribe
cuentos, pelea con su hermanito, toca el piano, quiere aprender guitarra, me
abraza y constantemente me pide “una sonrisita” (especialmente cuando me toca
el papel de bruja sin escoba); por ahora anda melenudo, con los dientes de
conejo a medio crecer, flacucho y torbellino. Atrás quedaron los minutos en los
que acostado en su cobijita me dejaba tomar una taza de té y comer un pedazo de
pastel durante las reuniones de los viernes con mis amigas-mamás en Alemania,
era el único que podía pasarse toda la tarde sin dar trabajo. Mi hombrecito se
ha convertido también en un hermano mayor no sólo cariñoso, sino que cuenta
también con todas las características de uno: defensor de su propiedad privada y
usurpador de la tranquilidad de su hermanito con los típicos: “Te lo dije”, “¿Ves?”
y “Fue sin querer”. Mi hombrecito es además, una maquinita de preguntar y de
argumentar cuando se trata de discutir con sus padres. El “pero mami” o el “pero
papi” vienen seguidos de una interminable retahíla de ideas. Hay preguntas que
no sé cómo contestar y argumentos que horas más tarde me ponen a pensar.
Hijito, tus
3.880 gramos con los que viniste al mundo se han convertido en 24 kilos y tus
51 cm de ternura del primer día son ahora 122 cm de puro amor y alegría. Ocho
años ya y me has enseñado lo fuerte y lo valiente que eres. Te amo hijo, te
amo, te amo, te amo y termino ya porque no tengo kleenex a la mano.
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