15 de julio de 2015

Así te quiero, mi ciudad prestada




¿No ve que tiene aires de metrópoli? ¿No ve que nos busca cada día para descubrirla, para admirarla? Rutina y todo nos obliga a mirar sus teleféricos que cuelgan cual cuentas de un rosario desde arriba, o sus vértigos suicidas desde las orillas de sus puentes hacia abajo. Los amores prohibidos han esparcido en sus rincones besos y lujurias y por la senda de los amanecidos se derraman los olores del anticucho, el despecho y el frío que coagula.   

Incluso antes de ser ciudad maravilla, el Illimani elevaba su pinta soberbia para mirarnos por encima de sus tres hombros. Está más bello que nunca, soplándonos su ventisca helada desde su trono en el altiplano, pero como si estuviera ahí cerquita y se le pudiera acariciar tan solo estirando la mano. Ni siquiera los esbeltos mamotretos de cemento se atreven a igualarlo, así se eleven hasta hacer en todas las calles sombra, frío y ventolera. 

En esta ciudad única se disputan el día a día las cebras, los pumas, los asesinos del volante, las caseras, los agachaditos, las secretarias capataces, los aparapitas, los beneméritos extintos, los fokloristas, los rentistas, los corruptos, los suspiros homosexuales, los lustrabotas sin rostro, los turistas en sandalias, los diplomáticos descoloridos, los hinchas del Tigre y del Bolívar, los “jailones”, los intelectuales, los basurales, las trancaderas, los giles, los vivos, los olvidados y los librecambistas; todos quedan embriagados; boquiabiertos miran la noche del cielo volteado en la que se convierte la hoyada una vez que el sol se ha metido en sus entrañas. En cambio, bajo el imperturbable azul de su firmamento, todos nos vemos como hormigas, desesperadas, pedacitos de rutina, trabajadores incansables de la fatiga, de las angustias cotidianas; reclusos del tiempo que juguetea con nuestras prisas; solo el silencio de sus domingos nos enjuga los sudores de la semana, del apuro citadino con el que cada día nos conquista. 

Así te quiero, mi ciudad prestada; así te admiro desde mi caparazón quirquincho y mis nostalgias de diablada. Interminables años de libertad te deseo y que nunca cesen tus misterios ni huyan tus fantasmas, que no amaine la locura en la que nos envuelves, así venga la modernidad montada en teleférico y con ínfulas metropolitanas.

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