17 de julio de 2015

Francisco en Bolivia: Una visita revolucionaria

Foto: Sandra López Villegas (Santa Cruz - Bolivia)

La altura de La Paz no significó un problema para el Papa Francisco I, pese a su apretada agenda y a la velocidad con la que su papamóvil se desplazó desde el aeropuerto internacional de El Alto hasta el corazón de la urbe paceña en la Plaza Murillo, el Sumo Pontífice cumplió con Bolivia y sobre todo con los movimientos sociales que esperaron su intervención en el acto de clausura del II encuentro mundial de movimientos populares que se llevó a cabo entre el 8 y 10 de julio en la ciudad de Santa Cruz.
 
La visita de Francisco tuvo momentos emotivos, así como anecdóticos y algunos polémicos. El obsequio de un crucifijo enclavado en una hoz y un martillo que el Presidente Evo Morales le entregara al Papa a pocas horas de su llegada a Bolivia fue una de las imágenes que le dio varias vueltas al planeta, sin embargo más intensas aún fueron las declaraciones de Francisco I a favor de la demanda marítima boliviana y sobre las cuales también ha tenido que expresar su parecer el gobierno chileno, pero el objetivo de este artículo es otro.

Francisco I les dedicó su discurso más largo a los más de 700 dirigentes y representantes de movimientos sociales de todo el mundo reunidos en la capital cruceña. Es difícil resumir en unos cuantos párrafos el extenso y revolucionario mensaje que la primera autoridad de la iglesia católica compartió con los movimientos populares. Sin embargo la empatía con la lucha y los objetivos sociales de  los movimientos, así como la profunda reflexión sobre los macabros efectos del capitalismo y del dinero sobre los más desfavorecidos de la sociedad así como sobre la Madre Tierra fueron los hilos conductores del mensaje del Sumo Pontífice. Interrumpido en varias ocasiones por los aplausos de aprobación y de ovación de los participantes, Francisco demostró una vez más ser el representante de una iglesia católica que busca acercarse al pueblo, que desaprueba y que está conciente de los terribles crímenes que en nombre de Dios se cometieron en contra de los indígenas durante la llamada conquista de América.

Al respecto reproducimos aquí sus palabras textuales: “Y aquí quiero detenerme en un tema importante. Porque alguno podrá decir, con derecho, que «cuando el Papa habla del colonialismo se olvida de ciertas acciones de la Iglesia». Les digo, con pesar: se han cometido muchos y graves pecados contra los pueblos originarios de América en nombre de Dios. Lo han reconocido mis antecesores, lo ha dicho el CELAM, el Consejo Episcopal Latinoamericano y también quiero decirlo. Al igual que San Juan Pablo II pido que la Iglesia y cito lo que dijo él «se postre ante Dios e implore perdón por los pecados pasados y presentes de sus hijos». Y quiero decirles, quiero ser muy claro, como lo fue San Juan Pablo II: pido humildemente perdón, no sólo por las ofensas de la propia Iglesia sino por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada conquista de América.”

Francisco llamó a los pueblos a continuar con su lucha y lo hizo apelando y respetando las genuinas ideas de los movimientos sociales; el Papa reconoció la importancia de la identidad social y cultural de los pueblos admitiendo que esta identidad merece ser defendida y que se trata de uno de los elementos más importantes de una lucha social que está obligada a comprometerse cada día más con los seres humanos y con la Madre Tierra. Estas fueron sus palabras: “El futuro de la humanidad no está únicamente en manos de los grandes dirigentes, las grandes potencias y las élites. Está fundamentalmente en manos de los pueblos; en su capacidad de organizar y también en sus manos que riegan con humildad y convicción este proceso de cambio. Los acompaño. Digamos juntos desde el corazón: ninguna familia sin vivienda, ningún campesino sin tierra, ningún trabajador sin derechos, ningún pueblo sin soberanía, ninguna persona sin dignidad, ningún niño sin infancia, ningún joven sin posibilidades, ningún anciano sin una venerable vejez. Sigan con su lucha y, por favor, cuiden mucho a la Madre Tierra. Rezo por ustedes, rezo con ustedes y quiero pedirle a nuestro Padre Dios que los acompañe y los bendiga, que los colme de su amor y los defienda en el camino dándoles abundantemente esa fuerza que nos mantiene en pie: esa fuerza es la esperanza, y una cosa importante la esperanza que no defrauda.”

Un hombre perdonado en Palmasola

“El que está ante ustedes es un hombre perdonado. Un hombre que fue y es salvado de sus muchos pecados. Y así es como me presento. No tengo mucho más para darles u ofrecerles, pero lo que tengo y lo que amo, sí quiero dárselos, sí quiero compartirlo: es Jesús, Jesucristo, la misericordia del Padre que vino a mostrarnos, a hacer visible el amor que Dios tiene por nosotros. Por vos, por vos, por vos, por mí. Un amor activo, real. Un amor que tomó en serio la realidad de los suyos. Un amor que sana, perdona, levanta, cura. Un amor que se acerca y devuelve  dignidad. Una dignidad que la podemos perder de muchas maneras y formas. Pero Jesús es un empecinado de esto: dio su vida por esto, para  devolvernos la identidad perdida, para revestirnos con toda su fuerza de dignidad.” Con estas palabra inició Francisco I el mensaje que dirigió a los reclusos del centro de rehabilitación de Palmasola, cumpliendo así con su última visita en tierras bolivianas y dejando en aquel recinto uno de sus discursos más penetrantes. Sus palabras dieron cuenta de su cabal conocimiento de la realidad carcelaria del país y que es el reflejo de muchos otros centros similares: “Reclusión no es lo mismo que exclusión, que quede claro, porque la reclusión forma parte de un proceso de reinserción en la sociedad. Son muchos los elementos que juegan en su contra en este lugar –lo sé bien– el hacinamiento, la lentitud de la justicia, la falta de terapias ocupacionales y de políticas de rehabilitación, la violencia, la carencia de facilidades  estudios universitarios, lo cual hace necesaria una rápida y eficaz alianza interinstitucional para encontrar respuestas.” 

Francisco llegó a Bolivia para compartir ideas y no exactamente para ser venerado; visitó Bolivia para conocer la realidad que viven los más humildes y no precisamente para servirse banquetes con los más adinerados. Para los millones de católicos y católicas de Bolivia, la presencia de Francisco hizo rebrotar el amor, la esperanza y la fe; pero en general, la presencia de Francisco en Bolivia puede compararse con la presencia de un amigo latinoamericano al que nadie va a contarle historias de los pobres sudamericanos, porque él las conoce bien, las respeta y les reconoce su valor cultural, social e histórico. La visita del Papa, fue sin duda alguna, una visita revolucionaria. 

Nota: Una versión de este artículo fue publicada en el portal de Latinoamérica en el Centro (Latice).

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