17 de enero de 2016

Un viernes cualquiera, un bolígrafo azul, una respetable dama



Hacer cola es odioso. Aburre, cansa y en ciertas ocasiones, enferma. Sin embargo hacer cola con un buen libro en la mano puede hacer del evento un momento único. Se trata de un tiempo “muerto” que se puede aprovechar. Pues bien, las condiciones estaban dadas. A las 14:15 del viernes 15 de enero fui la última persona en sumarse a la fila de ciudadanos que esperaban que la oficina de la Alcaldía Municipal de la calle Colón abriera sus puertas.

A las 14:30 la cola comenzó a “entrar” a la oficina para convertirse en cuatro serpientes más cortas correspondientes a las cuatro ventanillas de atención al ciudadano.  De principio daba exactamente igual pararse en una u otra ventanilla, pura cuestión de azar. Me aposté en la fila de la ventanilla que estaba junto a la puerta de entrada mientras continuaba engullendo La zona muerta de Stephen King. Pasadas las 14:30 una respetable dama ingresó en el recinto y preguntó al general de los presentes si esa era la fila para el banco. Alguien le informó que si era para pagar, las ventanillas del banco estaban del otro lado de la oficina. Pese a la información, la respetable dama concluyó en voz alta que, como no sabía si debía pagar o no, iba a quedarse a hacer fila. Encontré prudente decirle que “mi cola” era para iniciar cualquier trámite y obtener una ficha para pasar a la siguiente ventanilla; no era para pagar. La respetable dama me agradeció y yo continué aprovechando el tiempo muerto.

Habrían pasado unos diez minutos cuando la primera queja de la respetable dama me sacó de las páginas (digitales) de mi lectura. “Esta señora que no viene, ¿cómo va a tardar tanto, si solo son dos cuadras? “. La señora en cuestión llegó enseguida, como llamada por la voz de la respetable dama. Venía sudorosa y con un puñado de archivadores amarillos en las manos. Además venía sonriente y al parecer, complacida de ver que la respetable dama estaba ya en la cola. Esto, seguramente, le ahorraría un tiempo precioso.

Después de las 15:55 comencé a impacientarme por la lentitud de la atención de la ventanilla 4. La zona muerta estaba interesantísima, pero yo tenía una cita para ir a la piscina con dos apuestos varoncitos que también esperaban impacientes. En fin. Continué leyendo, sin embargo la voz de la respetable dama volvió a interrumpirme una vez más. “Disculpe, ¿tiene un bolígrafo azul?” Reaccioné palpándome los bolsillos de la chamarra y el pantalón y le dije que lamentablemente no tenía ninguno. Bendita mi suerte, ¿qué hubiese sido de mí o de la respetable dama de haber encontrado yo un bolígrafo en mis bolsillos? 

Unos cinco minutos más tarde, la voz de la respetable dama comenzó a subir de tono. “¡Qué barbaridad! ¡He firmado la minuta con bolígrafo negro! ¡Tenía que ser azul!” Me preguntaba si aquello sería realmente una tragedia. Sin embargo la tragedia llegó después. La respetable dama se acercó hasta el guardia policial que custodiaba la entrada y que tuvo la mala suerte de prestarle un bolígrafo NEGRO. “Aquí tiene su bolígrafo. Por su culpa he arruinado la minuta. Yo le pedí un bolígrafo azul. ¡Mala conciencia!” ¿Mala conciencia? ¿De qué me perdí? Discúlpame un minuto, Stephen, pero tengo que mirar la cara de esta dama y La zona muerta tendrá que esperar. El guardia guardó el bolígrafo en el bolsillo del pantalón y le preguntó: “Disculpe, señora, ¿acaso yo le he dicho que firme?”. La pregunta tenía mucha lógica y siguió: “Usted me pidió un bolígrafo y yo se lo presté.” La respetable dama mostró entonces toda su respetabilidad, aquí vamos: “¡Maldito, malcriadote! ¡Yo le dije bolígrafo azul, azul y usted me ha dado uno negro!” Uno de los empleados de la Alcaldía, reconocido al instante por su chaleco amarillo, se acercó a la dama y le pidió que por favor se calmara y que realmente la culpa era suya por no tener un bolígrafo azul. “¡Atrevido! ¿Por qué me voy a calmar? ¡No me da la gana de calmarme y punto! ¡Usted no me va a venir a decir que me calme! ¡Si me da la gana de estar furiosa, estoy furiosa y punto!” Lo que vino después no tiene nombre. La respetable dama que había encontrado una interlocutora detrás de ella con la que siguió esparciendo su furia: “¡Ese maldito! ¡Si no tenía bolígrafo azul debía pues decirme, no me da la gana de darle y ya!, ¿cómo me va a hacer arruinar así el documento? ¡Con toda su maldad lo ha hecho ese maldito!” Y la cereza del postre: “¡Esta raza aymara maldita. Yo no soy racista, pero cuando se ponen así malditos, los odio”. T-E-X-T-U-A-L. 

No sé a qué raza pertenezco, lo que  me consta es que la sangre que corre por mis venas es roja y que hacer fila en ciertas ocasiones puede llegar a ser nauseabundo y repugnante.

1 comentario:

  1. JesúsMaríaJosé, que dama más dinosauria (por decir lo menos). Como para clavarle un bolígrafo en la yugular. En fin, las filas suelen ser terribles cuando respetables damas de la era mesozoica esperan su turno.

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