
La política no fue en mi familia un tema del que se
hablara apasionadamente. Ningún miembro de mi círculo familiar cercano estuvo
involucrado de manera directa en temas políticos. Que yo recuerde, el hermano
menor de mi abuela materna, mi tío abuelo, fue el único que consiguió puestos políticos
importantes tales como una embajada, la prefectura de Oruro o la presidencia de
la Corte Departamental Electoral de mi tierra natal. Hablo del reconocido
abogado de origen orureño Carlos Guzmán Pereira. Era miembro del Movimiento Nacionalista
Revolucionario (MNR), partido político con el que nunca me identifiqué, dicho
sea de paso, y del que él fue un arduo y fiel defensor hasta el último de sus
días. Demás está decir que le guardaba un profundo respeto y admiración a su líder Víctor Paz Estenssoro.
Si escarbó un poco más en mis recuerdos, pienso en el año
1982, tenía yo 7 años y Hernán Siles Suazo se convertía entonces en el primer
presidente democrático de Bolivia después de una intensa, cruenta y sangrienta
etapa de dictaduras y golpes de estado en el país. En aquella ocasión, recuerdo
que una de mis tías tenía lágrimas en los ojos y era lógico, se trataba del
inicio de una etapa democrática que con muchísimo esfuerzo logró cumplir 38 años
de vida este 2020. Está claro que, si nos ponemos exquisitos, tendríamos mucho
que socavarle a esta historia democrática que no solo ha costado sacrificio,
sino también la vida de muchos bolivianos que creyeron que un cambio era posible
o que expresaron su descontento frente a la injusticia social y a las ínfulas
autoritarias como las demostradas por Evo Morales durante su régimen, por
ejemplo.
La huelga de hambre, los paros y las marchas multitudinarias
permanecen en mi memoria como las medidas de presión que más se utilizaron a finales
de los 80 y durante los 90 por diferentes sectores de la sociedad que buscaban
hacer escuchar su voz y sus demandas. Las crucifixiones e incluso los labios suturados
como formas de protesta eran por entonces acciones bastante duras con tal de
lograr atención social y política. Eso también era hacer política y siempre se
podía identificar a los grupos antagónicos.
Cuando a principios de los 90 surgen en Bolivia los
denominados “outsiders” de la política, partidos políticos tales como Conciencia
de Patria (CONDEPA) y Unión Cívica Solidaridad (UCS), la forma de hacer
política en Bolivia dio un vuelco bastante llamativo. CONDEPA y UCS no fueron
considerados partidos políticos tradicionales como lo eran el MNR, el
Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) o Acción Democrática Nacionalista
(ADN), en los que se podía hablar de una estructura político-partidaria y
jerárquica que funcionaba como si de un engranaje de pequeñas partes se
tratara. Carlos Palenque y Max Fernández encarnaron a los caudillos-líderes de
movimientos masivos en los que no había un armazón estructural. Sin ellos, era
muy difícil pensar en la continuidad de sus movimientos, justamente porque de
ellos dependía la cohesión social de sus militantes. Ellos era el todo de sus
partidos; sin ellos, nada. Así fue como desaparecieron ambas agrupaciones, tras
la muerte de sus líderes. ¿Cuál fue la caracterización de dichas desapariciones?
La herencia. Al tratarse de partidos políticos entendidos como entes familiares,
cohesionados por una pseudo-relación de consanguineidad y bajo el padrinazgo y
compadrazgo de un solo líder-padre, la disputa por los bienes era una
consecuencia bastante lógica.
En ambos casos, los militantes de CONCEPA y UCS fueron fieles
y respetuosos seguidores de sus caudillos regionales. Si hubo disidentes entre
ellos, que seguro los hubo, no llegaron a tener un protagonismo descollante,
por supuesto porque tampoco había una posibilidad real de ganar espacios de
poder. Muerto el perro, se acaba la rabia, para resumirlo torpemente. Este no
es, sin embargo, el caso del Movimiento al Socialismo (MAS) cuyo líder icónico
y expresidente de Bolivia, Evo Morales, se encuentra vivito y coleando y
andando de un lugar a otro moviendo todas sus influencias y su dedazo para
nombrar a los candidatos de su preferencia de frente a las elecciones autonómicas
del próximo año. Pero ¿por qué no funciona la ecuación populista en este caso?
¿Por qué el retorno Evo y su campante paso por sus bases no es capaz de cohesionarlas?
Al final de cuentas, el retorno de Evo podría considerarse como un verdadero
triunfo para el MAS y uno muy aparte del que ya consiguieron en las urnas el
pasado 18 de octubre. Recordemos que Luis Arce Catacora y David Choquehuanca
son los mandatarios ahora y que luego de su retorno del Brasil, el presidente
está dispuesto más que nunca a reencauzar su gobierno. Esas fueron sus palabras
textuales. Reencauzar un gobierno a menos de tres meses de iniciado es una
afirmación que tanto puede interpretarse como ver el vaso medio vacío o medio
lleno; más aún sabiendo que la economía, la salud y la educación están en
crisis y que son una bomba de tiempo que puede estallar en cualquier momento.
Esto sin contar las demandas de un sinfín de sectores que aún no ven solución a
sus dilemas agudizados por la pandemia.
Volviendo al punto, ¿cómo hay que traducir la lluvia de
sillas, puñetazos e insultos que el máximo líder del MAS ha recibido durante
los últimos días y de sus propias bases, de sus propios militantes, de sus
propios seguidores? Más allá de la forma en la que esa silla de plástico de
color azul llegó a la testa de Morales, hay que preguntarse cuán sostenible es esa
forma de democracia interna y de ejercicio político al interior del partido de
gobierno. ¿Por qué Morales ya no es capaz de mantener a la masa masista y bullente
bajo control? ¿Qué hay detrás del descontento del gremio de los cocaleros o de
los movimientos sociales con los que Morales se llenó la boca durante catorce
años de gobierno? Pruebo la hipótesis de que ser líder y presidente vitalicio de
los cocaleros no es suficiente garantía para mantener los intereses económicos
de grupo. Al parecer la clave está en la silla, no la azul, sino la presidencial,
pues ya no está ocupada por quien podía hacer y deshacer a su antojo, ahora que
baja la marea y se disipa la neblina, aparece la imagen de uno más que solo
destacaba del montón porque un día tuvo la oportunidad de cambiar la historia y
lo que hizo fue embarrarla de tal manera que no tuvo más remedio que abandonar
el barco a medio sumergir. Al parecer hay facturas de lealtad política o de
oportunismo partidario que se cobran de esta manera, a silletazos y desnudando
el verdadero rostro de la decadencia.
* Comunicadora
social
Twitter:
@mivozmipalabra
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