10 de noviembre de 2011

Los desaparecidos de la democracia

Bolivia –la república y el estado plurinacional– cumplen en este mes de octubre 29 años de democracia. Pensando en que podría tratarse de una dama madura que está a punto de cumplir tres décadas de vida (¿o de supervivencia?), lo adecuado sería festejarla como se merece, con una gran torta de legítima participación ciudadana, con relleno de respeto a los derechos humanos y un decorado que además de llamativo, supiera realmente a cambio y transformación. Pero el panorama cumpleañero es otro. No hay ni torta ni relleno, sólo discursos de adorno, mixtura de errores y una piñata cada vez más gorda de sinsabores. Lo que se avecina en este octubre sabe a incertidumbre electoral, a marcha de indígenas en defensa de sus derechos -sazonada con brutal represión-, a sordera y cambalache gubernamental; a indignación e impotencia; y en algunos casos a profunda y amarga decepción.

Tras 29 años de democracia, no podemos olvidarnos de todos los protagonistas –vivos y muertos– que han hecho de nuestra particular forma democrática un atractivo científico para politólogos y expertos en transformaciones sociopolíticas e interculturales latinoamericanas. Para los ciudadanos de a pie, estos años –por lo menos los del último lustro– han sido de expectativa primero y de constatación después, de que todo es sólo más de lo mismo y en algunos casos peor. La lista de engendros y desaparecidos que estos treinta años de democracia le han heredado al país es larga y sabrosa. Entre los primeros hay que citar a los llamados “outsiders” de la política, esos partidos políticos que nacieron en la década de los noventa al calor de masas angustiadas y ya para entonces cansadas del ninguneo y manoseo de los políticos de turno. Conciencia de Patria (Condepa) y Unión Cívica Solidaridad (UCS), para nombrar a los “outsiders” más importantes fueron dos partidos políticos que le dieron un primer asidero de desahogo a esas grandes comunidades de olvidados y marginados del país. El compadre Palenque y su “corazón de oro” y el industrial cervecero Max Fernández quedan para la historia democrática boliviana, como los caudillos contemporáneos que pusieron en aprietos a los partidos políticos tradicionales y que le cambiaron la fisonomía a la composición política del país. Desaparecidos ellos, física y carismáticamente, las débiles no-estructuras de sus partidos terminaron por caer sin dejar rastro alguno de herencia.

Otros desaparecidos: los grandes y robustos partidos políticos tradicionales que fueron los que comandaron en su momento las principales reformas estructurales y neoliberales del país a inicios de los ochenta: MIR, MNR y ADN entre otros. Fueron siempre las mismas caras y las mismas mañas hasta que en octubre del 2003 Bolivia dijo basta y le dio su oportunidad a otro “outsider” de origen (indígena)sindical. El Movimiento al Socialismo (MAS) resucitó el ánimo de los que creyeron en un proyecto diferente y de algunos que quizás confían en un reencauce de aguas ya demasiado turbias a estas alturas de los acontecimientos.

En estos años desaparecieron también –de golpe y porrazo– las coaliciones políticas o juntuchas partidarias engendradas a como diera lugar con tal de hacerse del poder. Los caprichosos e inauditos métodos para alcanzar los dos tercios en el parlamento –ahora asamblea plurinacional– hicieron desaparecer también la memoria histórica y política de muchos, no nos olvidamos por ejemplo, del exdictador demócrata abrazadito de la izquierda otrora rebelde del país. Ahora los dos tercios sin sirwiñacu de por medio han hecho desaparecer a la oposición convirtiéndola en un fantasma amorfo, deslegitimado, desordenado, oportunista, desorientado y sin norte alguno a la vista. Lo que de aquí en adelante nos espera en cuanto a engendros y desaparecidos, sólo Dios sabe.

Para referirse a los otros desaparecidos, muertos y reprimidos que esta democracia tan inmadura se ha cobrado en estas tres décadas, haría falta escribir otro artículo, sin embargo valga la oportunidad para ofrecerles un homenaje y un agradecimiento.

Artículo publicado en Página Siete, el sábado 15 de octubre de 2011

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