10 de octubre de 2012

30 de exabruptos



No pelo una. Cada vez que se acerca un 10 de octubre se despierta mi gusano democrático a recordarme que –realmente–  no puedo quejarme de las dictaduras, que lo poco que recuerdo son fiestas familiares a puertas y ventanas cerradas en las que la música y la luz desaparecían como por arte de magia cuando se acercaban los “caimanes”. Y no hablo de la sede de gobierno, sino de una ciudad “endiabladamente” pequeña. ¿Entonces tengo derecho a quejarme de la democracia? Son 30 años de vivir compartiendo con ella y sus exabruptos. De lejos o de cerca, se han acumulado tres décadas de vivencias que vale la pena recapitular.

Mi primer recuerdo de democracia data de 1982. Todavía veo la cara de Siles Zuazo en la televisión y las lágrimas de una de mis tías en el momento de su posesión como Presidente de la República. Eran tiempos de la Unión Democrática Popular (UDP), de los cheques de gerencia que tenían esos colores pastel que poco o nada servían para siquiera comprar pan. Era el final de una serie de dictaduras cuya real dimensión no significan mucho a la edad de 7 años. Mi dormitorio estaba lleno de muñecas y no hacía falta más.

El siguiente recuerdo es de 1986. Contaba con 11 años. Era triste ver la interminable columna de mineros que iban rumbo a La Paz en busca de soluciones a sus demandas, era la Marcha por la Vida. Mi hermana y yo recolectamos algo de ropa y vituallas y nos fuimos a un canal de televisión –quizás el único– a entregar la donación para los marchistas. Algunos años más tarde comprendí el significado de términos tales como “relocalización”, “hiperinflación” y recuperación de la democracia. Algo más que sólo palabras.

En 1997, un poco antes de abandonar las aulas universitarias, la democracia volvió a sorprenderme con la elección democrática y constitucional del exdictador Hugo Banzer Suárez. En los cuentos de hadas los villanos no se convierten a la bondad así nomás, pero en “el país de las maravillas” aquello parecía suceder gracias al indescifrable arte del voto. Difícil digerir tal cosa. Los desaparecidos, asesinados, detenidos y perseguidos cobraron una perspectiva democrática bastante desalentadora con la elección de aquel exgeneral y dejaron de ser algo más que sólo palabras. Ya para entonces la impotencia me había dado un par de duras lecciones que aprender.

Sé que voy a saltos agigantados, olvidando u omitiendo hechos y protagonistas de años que fueron importantes e imprescindibles para nuestra historia democrática, pero permítanme continuar en este tren antes de que la democracia siga acumulando más hechos y protagonistas. No pretendo hacer una sesuda reseña ni un balance del estado en el que esta democracia viene a convertirse en treintañera, simplemente quisiera catalogar los sentimientos que al cabo de estos año me ha dejado y me deja.

Sigo entonces, hasta el 2005. A un poco más de 10 mil kilómetros de distancia, allí en esa otra galaxia, me veo incrédula y esperanzada ante el resultado electoral de aquel año. Después de un sangriento y convulsionado inicio de milenio para Bolivia, era la primera vez que un líder auténtico se hacía de la primera mayoría convirtiéndose en el primer presidente “originario” en la historia del país. Sí, soy una convencida de que se trataba de un líder auténtico que además canalizó –quizás sin proponérselo a esa magnitud– las esperanzas de muchos y de muchas. Pero en democracia se acumulan también los errores y las frustraciones. La desilusión. Esto es lo que he sentido y lo que siento. 

No, no puedo quejarme de la democracia, pero sí del número de muertos que sin necesidad de una bota militar se suman cada día. Creo que otra democracia es posible; sin embargo espero que no necesitemos otros treinta años para conseguirla.

Otras voces y palabras

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