21 de abril de 2013

Como esperando a Silvio en un 15 de abril inolvidable

¿Lunes? ¿Cómo en lunes? ¿Por qué? Acto seguido se extendieron en mi cara la tristeza y la desilusión. Me preguntaba si también habría sido lunes la primera y única vez que el cantautor cubano Silvio Rodríguez cantó en mi Oruro natal, cuando yo apenas contaba con ocho años de edad y cero de trova. Treinta años después, se presentaba una nueva oportunidad, quizá la última en Bolivia.

Aún estando en La Paz, me parecía imposible estar un lunes laboral en Santa Cruz para presenciar el que, sin lugar a la mínima duda, fue uno de los mejores conciertos de mi vida. La magia “silviera” hizo realidad un sueño que, como quien escribe, acariciaban miles y miles de bohemios, trovadores y troveros a lo largo y ancho del país. Valga el espacio para agradecer al dúo Negro y Blanco y a los jóvenes miembros del comité impulsor denominado “Silvio en Bolivia” que, desde su creación el 14 de septiembre de 2012 en Cochabamba y hasta la llegada de Silvio en abril, se ocuparon, primero, de presentarle al Ministerio de Culturas del Estado Plurinacional la idea de traer al cantautor a Bolivia y, segundo, de realizar una serie de actividades como la proyección de documentales, tertulias y conciertos en varios departamentos. “Ojalá” fue una de las producciones audiovisuales que recorrió toda Bolivia retratando al trovador caribeño y al Movimiento de la Nueva Trova del que es fundador.

El lunes laboral llegó. A las 14:40 pisé tierras orientales y mi corazón comenzaba a palpitar de otra manera. A las 17:00, la Plaza 24 de Septiembre se hizo escenario de reencuentros imprescindibles con amigos y amigas con los que compartí los 90 apasionados por Silvio, por cada uno de sus versos y de sus cantos que eran capaces de removernos las más íntimas fibras de nuestra juventud y nuestras utopías.

Con abrazos a flor de piel, emprendimos caminata hasta el estadio Tahuichi Aguilera. Entre carcajadas recordamos nuestras andanzas “silvieras” en La Paz. Nuestras trasnochadas semanales en el boliche La Bodega de la calle Goitia, en el que Pepe Baldivieso tocaba los acordes de “El Maestro”. Con cada cuadra que avanzábamos íbamos retrocediendo en el tiempo, recordando cuando todavía Negro y Blanco no era un dúo y nos deleitaba con Silvio en las veladas del taller de música popular de la Universidad Católica Boliviana.

Así, rejuvenecidos, llegamos a la cita urgente junto con las primeras luces del atardecer. Hicimos cola, una cola divertida. De cuando en cuando nos distraían los gritos de María Galindo que iba pregonando sus bolsas de tela estampadas con la cara de Silvio, a treinta y cinco bolivianos cada una. La impaciencia fue in crescendo cuando vimos movimientos en la puerta que correspondía a nuestra credencial blanca. A las seis y pico le pregunté al guardia de la boletería que a qué hora abrirían las puertas. “A las seis en punto”, me contestó con disciplina castrense. Me sonreí. Le sonreí. Son las seis y pico oficial, le dije. Él se sonrió.

Algunos minutos después de las 19:00 entramos al estadio, algunos dando brinquitos como niños en el parque. A esa hora la recta general se veía realmente medio vacía, difícil decir que medio llena. Las curvas estaban apenas salpicadas de espectadores. La zona vip tampoco lucía robusta de humanidades. Apenas entramos nos ubicamos entre las primeras filas. Las caras conocidas y queridas comenzaron a menudear igual que los abrazos y más recuerdos. 



 A las 20:35, el escenario dio a luz al concierto. Negro y Blanco interpretó algunas de sus más conocidas composiciones. El momento se acercaba. La piel se me eriza todavía. Ingresaron al escenario los talentosos miembros del Trovarroco, trío que acompaña a Silvio en esta gira. Y comenzaron a llover acordes. Junto a ellos estaba la sonriente esposa de “El Maestro”, Niurka Gonzáles, con la flauta traversa y el clarinete. En ese instante reconocimos a Silvio con sombrero entre las bambalinas. “¡Allí está!”, gritamos mientras él le tomaba fotos al público que paulatinamente fue llenando las curvas y la recta del Tahuichi. El lunes laboral no se había salido con la suya.

A las 21:15 ingresó Silvio al escenario. De pie en el centro de las tablas, se levantó el sombrero a manera de saludo y, en cuanto tomó su guitarra, comenzamos un viaje alucinante que concluyó dos horas y media más tarde.

Veinticinco canciones nos obsequió Silvio. Fue un concierto de alta calidad musical y profesional. Faltaron muchas y sin embargo nos quedó la vívida impresión de que cantó todas. Hizo sólo tres menciones personales. La primera dirigida a Gabriel García Márquez, con quien compartiera hace varias décadas el avión que los llevó a ambos a México desde La Habana. Eran los dos únicos pasajeros. De aquella travesía surgió la canción “San Petersburgo”. La segunda fue para los cinco cubanos que desde 1998 guardan prisión en los Estados Unidos, bajo cargo de supuesto espionaje. Para ellos Silvio cantó “Cita con ángeles”. La tercera llegó como Silvio al escenario, con aplomo: “Esta canción se la voy a dedicar a vuestro Presidente”, dijo y se mandó una versión magnífica de “El necio”. Evo lo observaba en primera fila acompañado de otras autoridades de Estado.



“Días y flores” comenzó a deshojar los gritos de un público en trance con el trovador cubano. Todas las canciones que le siguieron fueron coreadas a gritos por las casi veinte mil almas que llenaron las instalaciones del estadio. Cuando Silvio terminó de cantar “La Maza”, llevábamos ya un repertorio de trece temas. El clímax llegó con “Ojalá”, “Te doy una canción” y “Unicornio”. Silvio se puso de pie para cantar “Ojalá”, no tocó la guitarra, solo cantó acompañado de los acordes del Trovarroco. Y no fue la única canción cuyos arreglos musicales sorprendieron y gustaron. Esta alta dosis de magia contribuyó severamente a las lágrimas que “La gota de rocío” no pudo contener.

“Pequeña serenata diurna” cerró con broche de oro una noche histórica y delirante. No hubo “Playa Girón”, tampoco “Como esperando abril” y sin embargo abril estaba allí, pleno de versos y emociones, con un repertorio que reflejó con fidelidad los casi 40 años de trayectoria del trovador cubano. Silvio volvió al escenario dos veces, nos dijo que estaba contento de estar en Bolivia, “de verdad que sí”. Y nosotros le gritamos con fuerza, “Silvio, te queremos/Silvio, te queremos”.

A las once y media de la noche Silvio ya no estaba en el escenario. El eco de su voz nos retumbaba todavía en la piel. El cielo oscuro se llenó de luces de colores, fuegos artificiales, estallidos y después el final. El lunes laboral llegó a su hora veinticuatro abarrotado de magia y poesía.

“Hoy recuerdo mariposas que ayer sólo fueron humo,

mariposas, mariposas que emergieron de lo oscuro,

bailarinas silenciosas”.


Texto publicado en el Suplemento "Ramona" del periódico Opinión de Cochabamba, edición del 21 de abril de 2013 

 
 

2 de abril de 2013

Luis Ramiro Beltrán: “Mi vida ha sido muy feliz y productiva”





Texto: Ana Rosa López Villegas
Fotos: Juan Miralles y Ana Rosa López




“El raciocinio todavía funciona, pero la memoria se me ha ido en los últimos dos años poco a poco, todo se me olvida y es muy molestoso”, confiesa Luis Ramiro Beltrán, a sus 83 años de edad.

Sin embargo, su memoria guarda intactos no sólo los mejores momentos de su juventud y de su amplia trayectoria en el campo de la comunicación social, sino también los detalles de cada uno de los adornos, recuerdos y fotografías que ocupan el largo estante del pasillo de su acogedor departamento. No es difícil permanecer durante horas en su compañía y escuchar sin aburrimiento las historias y anécdotas que narra con amenidad y lucidez. Beltrán cuenta -como no podía ser de otra manera- con todos los atributos de un buen comunicador.

Luis Ramiro Beltrán nació en Oruro en 1930; perdió a su padre, Luis Humberto Beltrán, durante la Guerra del Chaco cuando apenas contaba con tres años de edad. A partir de entonces su madre, Bethsabé Salmón de Beltrán -cariñosamente llamada Becha-, asumió con sacrificios, pero con firmeza, la responsabilidad de sacar adelante a sus dos hijos, Luis Ramiro y Óscar Marcel. “Sólo en 1937, cuando mi hermano y yo habíamos crecido como para entrar a la escuela primaria, pudimos entender realmente lo que nos había pasado cuatro años atrás”, cuenta el propio Luis Ramiro Beltrán en su libro de memorias publicado en 2010 con el título de Mis primeros 25 años.

Aunque de niño decía que quería ser “nuncio apostólico y mozo de hotel”, su madre supo orientarlo desde temprana edad por el camino de la comunicación, área en la que obtuvo un doctorado en 1972 por la Universidad del Estado de Michigan (EEUU) y de la que fue designado Ex Alumno Sobresaliente diez años después. En 1984, la Universidad Católica Boliviana San Pablo y la Universidad Técnica de Oruro le confirieron el doctorado honoris causa por sus brillantes aportes académicos en comunicación.

Fielmente acompañado por su esposa, Nora Olaya, y desde hace algún tiempo apoyado en un bastón, Luis Ramiro Beltrán recorre las calles de la zona de San Jorge de la ciudad de La Paz con pasos cortos y apresurados. En su hogar, sin embargo, se moviliza con mayor libertad y durante la entrevista que nos concedió fue difícil que se mantuviera sentado por largo rato, pues tiene muchos recuerdos que mostrar y compartir.

Comunicación horizontal

“Ya no estoy debidamente facultado para improvisar una apreciación sobre la situación de la comunicación en el país”, se excusa el único comunicador boliviano que obtuvo en 1983 el Premio Mundial McLuhan – Teleglobe Canadá de comunicación.

Se trata de uno de los principales comunicólogos bolivianos que se ha ocupado de teorizar sobre la llamada comunicación horizontal. Considerado como uno de los principales críticos de la conceptualización tradicional de la comunicación y su esquema aristotélico - locutor, discurso y oyente-, Beltrán desarrolló un modelo de comunicación horizontal entendido como un “proceso de interacción social y democrática” en el que son condiciones imprescindibles el diálogo y la participación.

Pese a su retiro académico, Beltrán continúa vigente en las letras nacionales y presentará un nuevo libro este 4 de abril, a horas 19:00, en el Palacio de las Comunicaciones. El texto, que lleva por título Democracia y comunicación, ha sido auspiciado y publicado por el Tribunal Supremo Electoral, organismo del que él fuera presidente por 14 meses entre 2001 y 2002.

Se trata de una compilación de los principales aportes realizados por Beltrán a la comunicación nacional en el campo de la democracia. “Este libro le da una idea de mis labores antiguas y recientes en este campo (de la comunicación), dentro y fuera del país. Tiene más agilidad que profundidad, es un libro valioso”, dice Beltrán al referirse a dicha publicación. La iniciativa de esta publicación partió del comunicador orureño Juan Enrique Miralles, quien compiló la obra por encargo de Beltrán. También aclara que si bien desempeñó labores como presidente de la Corte Nacional Electoral, la designación fue sorpresiva e inesperada. “Contacto político no he tenido, no tengo y no tendré en el poco tiempo de vida que me queda. Nunca he tenido pertenencia política, nunca he estado a favor ni en contra de ningún partido”, agrega.

Un iPad

Beltrán se bate todavía con una máquina de escribir y afirma que no usa teléfono celular porque seguramente “perdería tres por semana”; sin embargo, le gustaría comprarse una tableta (iPad) porque considera que es un aparato útil e interesante. Actualmente se dedica a escribir textos de agradecimiento, algunas cartas formales y otras dirigidas a viejas amistades.

Las reliquias que cuidadosamente guarda de su padre, quien murió en la Guerra del Chaco, permanecen intactas bajo el cristal que las cubre en un pequeño maletín de cuero negro. No ahorra comentarios para hacernos conocer los detalles de ese deceso en batalla y sobre la promesa que cumpliera su madre siete años después, al recuperar sus restos y enterrarlos en su tierra natal.

Aunque muchos de los reconocimientos que ha recibido a lo largo de su carrera se encuentran cobijados en la Universidad Católica Boliviana San Pablo, su “universidad favorita” como dice él, guarda en su casa, con especial cuidado, los diplomas y cartas de agradecimiento y de felicitación que le fueron otorgados por su meritoria e incansable labor a favor de la comunicación nacional e internacional.

En una de las paredes de la pequeña sala en la que realizamos esta entrevista, que finalmente se convirtió en una amena charla, pende una llamativa obra del pintor Raúl Lara, pero el lugar central lo ocupa una foto bastante grande de doña Becha, la progenitora de Luis Ramiro y la mujer que impulsó vivamente todos sus pasos durante los inicios de su productiva vida profesional.

“Mi santa madre y mi bendita mujer -Norita- son las dos mujeres que han hecho mi vida. A ellas les debo todo lo mejor”, admite Beltrán y continúa: “Mi vida ha sido muy feliz y productiva y les debo eso, toda la primera parte de mi vida a mi santa madre y toda la segunda a mi bendita esposa”, reitera y consulta con razón: “Así que dígame usted, ¿cómo no voy a ser un fanático admirador de las mujeres luchadoras?”.

Así concluyó la larga conversación con uno de los comunicólogos bolivianos más importantes del siglo XX, un “achachi” -como él mismo se autonombra- que en sus mejores tiempos fue experto bailarín de bolero, mambo y cha-cha-chá, y gran amigo del cantante y compositor de boleros de origen orureño Raúl Shaw Moreno.









 Entrevista originalmente publicada en la Revista Miradas del periódico Página Siete en su edición del domingo 31 de marzo de 2013.

Otras voces y palabras

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