10 de marzo de 2015

La selfie de mis 40






Según el calendario de 1975, el 10 de marzo de aquel año cayó en lunes. Nací a la una de la mañana, es decir que mi mamá y yo iniciamos una semana bastante ardua y feliz por aquellos años. Por supuesto que recuerdo muy poco de mis primeros meses, las fotos no eran el pan de cada instante como lo son ahora. Lo que sí sé es que la mejor compañera que pude tener durante la infancia y para el resto de la vida, nació un año después. Mi hermana Sandra y yo habitamos una niñez feliz, rodeadas del amor y la protección de las mejores mujeres que un matriarcado podría tener: mi mamá, mi abuela Helena, mi tía Doris y mi tía-abuela Julia. Nuestro mundo era una casa de muñecas hecha de cajitas, cartones y un derroche de creatividad. Pasamos interminables horas jugando a las Barbies, vistiendo nuestros sueños de niñas, despeinando ideas para miles de historias y creciendo irremediablemente. Nuestro refugio eran, son y seguirán siendo los brazos de mamá.

En Oruro pasé los primeros e inolvidables 17 años de mi vida. Es mi tierra querida, el lugar que pese al tiempo y a la distancia añoro y ansio. Es la tierra que me tatuó el alma de diablesa y en la que forjé mis alas para poder volar. ¡Gracias, mamá, por las alas y las raíces que me diste!

Mi primer encuentro cercano con la muerte lo tuve a mis 14 años. Mi abuela Helena se marchó cansada y recuerdo como si fuera ayer cuando besé su frente fría en son de despedida. A los pocos meses celebré mis 15 años. Mamá me hizo una fiesta hermosa, tal como la soñé, con 15 damas, 15 pajes, vestido de princesa de color rosa, torta de pisos, vals y brindis. Y de los 15 pasé como si nada a los 17. Salí bachiller y comencé a volar. Mi primer destino fue mi ciudad prestada, IllimaniCity. Llegué a La Paz como salí de mi arenal, hecha un quirquincho metido en su caparazón. Durante el primer semestre conocí a personas increíbles, amigas con las que compartí lágrimas, sonrisas, amanecidas, ilusiones, fiestas; amigas con las que aún puedo estrecharme en abrazos y confidencias. Amigas de verdad. 

Al cabo de mi primer año de universidad nos dejó mi tío Carlos, uno de los hermanos mayores de mi mamá. Para mi hermana y para mí fue mucho más que un tío, mucho más. Pero las almas buenas dejan regalos divinos. A pocos años de su partida nació mi sobrino Mauricio, el hijo de mi hermana. Era un bebé hermoso, rosadito y lleno de rulos que se ha convertido en un dieciochoañero con personalidad. Son 40 los que cumplo, las cuentas cabales.

Entre tanto se diluían cinco años de estudio en la universidad. Terminé la carrera de Comunicación Social en marzo de 1998. La fiesta de festejo de la tesis no pueden ni imaginársela y yo haría mal en contarles lo poco que me acuerdo. Con el título bajo el brazo el aleteo se hacía cada vez más fuerte. Tras la primera respuesta negativa a una postulación de beca para España, me corté el cabello casi al ras. Me corté el cabello, pero no las alas. Las puertas estaban abiertas, solo hacía falta esperar. En octubre del 2001 me fui a Madrid, había pasado tan solo un mes desde la estrepitosa caída de las torres gemelas de Nueva York y yo tenía miedo de volar, pero volé. Pasé ocho meses intensos en la capital de España, conociéndome en dimensiones hasta ese entonces incógnitas, en una palabra, conociendo la soledad. En Madrid recuperé a una amiga que había conocido en Bolivia años atrás, una de esas mujeres que se quedan en la vida como amaneceres brillantes y que siempre están cuando una más las necesita. Me siento afortunada de estar rodeada de estas amaneceres.

No conforme el destino con Madrid me envió a Alemania. Todos los años de aprender alemán en La Paz terminaban por convertirse en la mejor inversión de mi vida. ¿Quién iba a decírmelo? En Alemania hice mi hogar, formé mi familia y di a luz a los hombres de mi vida. Hoy que cumplo 40, recuerdo que festejé -hace diez años- mis 30 en compañía del que hoy es mi esposo y compañero, Camilo. Nos conocimos en Alemania, nos casamos en Dinamarca y para que no quedara ninguna duda, hicimos legalizar nuestra unión en Bolivia y Venezuela. Así crecieron mis afectos, extendiéndose hasta un país en el que jamás había pensado ni siquiera como destino vacacional. 

De mis hijos podría escribir páginas enteras. Me llenan de amor, de tantísimo amor. Mis 40 no serían nada sin ellos, nada.

Tras (casi) diez años de aprendizajes interculturales, mis alas perpetraron el aleteo del retorno. Empacamos diez años de un todo y regresamos a Bolivia. Fue una decisión-elefante asumida y que está a punto de cumplir sus cuatro años de vida.

Y aquí estoy, a mis 40, con las mismas ganas de cada año de decirle a todo el mundo que es mi cumpleaños; con sueños e ideas, con ganas de seguir volando. ¡Gracias Papá Dios, gracias!

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