24 de junio de 2010

Apuntes de la doce

Me pongo a tono con el mundial sencillamente porque me gusta el fútbol… a mi manera. Aunque sólo en contadísimas ocasiones he tenido que enfrentarme a la jabulani*, reconozco que el fútbol siempre ha estado presente en mi cotidiano vivir, a veces como tiro libre sin peligro, otras desde el mediocampo, otras como penal de nervios. En mi casa materna la influencia del fútbol podría haber sido mínima, pienso, pues se trataba de un matriarcado singular; pero no, estoy convencida de que mi tía Doris habría sido una excelente comentarista de fútbol –así como mi mamá de política, pero esto entre paréntesis– porque no he conocido otra mujer que se sepa como ella los nombres y los equipos de los jugadores, que domine la tabla de posiciones, que vibre y sufra como lo hace con ciertos partidos. De mi tía aprendí a gritar ´!chusa, chusa!´para conjurar un gol, a reconocer una posición adelantada y un “foul”. Los insultos e increpaciones son de mi propia cosecha.

Por mi parte, me confieso hincha declarada, acérrima y recalcitrante del equipo de mis amores, San José de Oruro y creo que gracias a sus inolvidables campañas de mediados de los noventa, empecé a saborear la pasión de una victoria, la adrenalina de un penal, la catástrofe de una derrota. En añoranza a mi equipo, sigo de cuando en cuando la campaña del Karlsruher Sport Club (KSC), el equipo local de la ciudad en la que vivo… pero ¡qué remedio! San José es su papá.

También soy hincha de los mundiales y aunque no tengo la memoria futbolística que les envidio a los varones, mis recuerdos se remontan a hechos muy concretos: el Naranjito, mascota del mundial de algún año en Argentina; el letrero que los jugadores de Brasil le ofrecieron en un partido de final (¿?) al fallecido corredor de F1, Airton Sena; la cara de D1eG0 sobresaltada en extremo después de un gol contra un equipo africano (¿?) y que al final significó el acabose de su carrera –como futbolista–; los bigotes de Azkargorta cuando logró la clasificación de Bolivia al Mundial de los Estados Unidos en el año 94.

No tengo idea de los futbolistas ni de sus equipos ni de sus rachas, me basta con disfrutar recordando la atajada tipo escorpión del arquero colombiano Higuita, la melena tipo pompón de su compatriota Balderrama, la destreza gatuna de Goycohea y el cabezazo que Sidane le propinó a un italiano en el partido de final del mundial anterior. Todavía me pregunto qué fue lo que el ilustre cabeceado espetó. Este deporte me mueve también la fibra sentimental: todavía me apena que Ballack se pierda su último mundial, todavía me revienta ese árbitro Undiano –el que dirigió el encuentro entre Alemania y Serbia–, me fascinan los uniformes negros de Alemania, me divierte la cara de la gente del estadio cuando se da cuenta de que los están filmando, me gusta que Oli Kahn comente los partidos y que Maradona esté de nuevo presente.

El primer mundial que pasé “fuera de casa” fue el del 2002 en Corea-Japón, por entonces vivía en Madrid, en un departamento –piso dirían los españoles– compartido con otros tres latinos. ¡No teníamos tele! Pero nos juntábamos con otros sudamericanos con tele para ver los encuentros. Brasil nos dio tremenda alegría en suelo europeo.

El mundial del 2006 fue uno de los más especiales para mí y por doble partida, porque se llevó a cabo en Alemania –el puerto en el que todavía descansa mi ancla– y porque estaba embarazada de mi primer hijo. Debido a mis casi ocho meses de embarazo, no me fue fácil corretear de aquí para allá después de los triunfos del anfitrión –como lo hacía otrora en mi natal Oruro–, pero lo disfruté. Mi segundo hijo nació el 2008, cuando los correteos por la Eurocopa ya se habían despejado. Según mi estadística futbolística de natalidad, este año tendría que haber nacido el tercero de mis herederos, pero creo que con un mundial y un campeonato de Eurocopa es suficiente.

Este mundial me fascina también. Que sea en Sudáfrica me parece digno de admiración, se lo merece Mandela y se lo merecen los africanos. Aunque sigo los partidos cuando puedo y como puedo –mis múltiples ocupaciones y responsabilidades no me permiten apoltronarme en el sillón–, gracias a mi BlackBerry le pregunto a mi familia venezolana por los resultados de los encuentros que no puedo ver, leo con fruición las sabrosas crónicas que escribe mi amigo Franchesco en su superblog mundialista, comparto mis pálpitos en el FB o me escapo a la heladería del italiano de la cuadra para mirar a pellizcos los partidos que me pierdo cuando estoy camino a recoger a mis hijos del Kindergarten.

Y en fin, pienso que el mundial de fútbol es una medida anti estrés y una maravillosa fiesta intercultural. Me ahorro aquí mis críticas observaciones a la FIFA y al lucrativo y frío negocio en el que han convertido al fútbol en general. Cierro aquí para buscar mi “fixture” esperando goles, vencedores y vencidos.

*Es el nombre del balón oficial con el cual se juega el Campeonato del Mundo 2010, fabricado por la marca Adidas. El diseño, que fue ejecutado por la universidad inglesa de Loughborough, tiene once colores, que representan los once jugadores de cada equipo de fútbol, los once idiomas oficiales de Sudáfrica y las once comunidades sudafricanas que dieron su bienvenida a las delegaciones participantes del Mundial. La palabra jabulani significa "celebración" en lengua zulú. En la final de la Copa del Mundo se empleará una versión dorada de ese balón, que se llama jo'bulani. Esta palabra se forma con jabulani y jo'burg (Johannesburgo), sede de la final del torneo, conocida también como Ciudad de Oro. Fuente: http://www.elcastellano.org/diccio.html

15 de junio de 2010

Mi remolque y la terapia alemana


Las calles de Karlsruhe me permiten llevar a mis hijos a remolque. Es la verdad, tenemos un pequeño remolque azul con un techo amarillo muy vistoso que se adhiere a través de un tubo a una de las barras de la bicicleta. Los niños van sentaditos y amarraditos con un cinturón especial dentro del transporte especialmente construido para ese fin.


Hoy –después de mucho tiempo– he llegado a casa con el remolque vacío, los niños están en la guardería y en el kindergarten respectivamente. Apenas iba bajando de la bicicleta cuando la pequeña silueta de una señora mayor asomó su gran nariz roja para husmear dentro de mi “Anhänger” –así se llama el remolque en alemán–. Este tipo de intromisiones ya me son familiares y conocidas. Aquí una mujer con hijos que camine por la calle, que viaje en tranvía o que lleve a sus hijos en remolque se hace automáticamente blanco de las críticas miradas de los comandos de abuelas y señoras metiches que siempre tienen algo que recomendar o criticar.

–!Los niños se estarán muriendo de calor allí adentro!

–No, señora, no lo están haciendo.


O en el tranvía:

–¡Que no se fija que su hijo mayor está pateando al menor!

–Claro que me fijo señora, y lo que usted ve como patada es un simple juego de niños.


O cuando lloran:

–A lo mejor tiene hambre o sed o sueño o calor o frío o el pañal lleno.

–Sí, señora, a lo mejor…


O cuando los niños quieren cantar en el transporte público las personas voltean a verme sin reparo alguno y entonces me pregunto si debo sellar la boca de mis hijos con una gran tira de cinta adhesiva para que no emitan sonido alguno.


En fin, todos los días tengo una historia como esta –puede que sea igual en todas partes del mundo, pero por el momento yo estoy en esta y esto es lo que vivo–, algunas veces de verdad me sacan de mis casillas y hay otras en las que trato de pasarlas mirando la sonrisa que me regalan mis vástagos en remolque, pero la señora de la nariz roja de hoy me ha hecho sentir bien.


Después de husmear me preguntó, ¡sí! me preguntó si llevar a los niños a remolque no significaba para mí un esfuerzo extraordinario. Me quedé callada primero, pensando en mis dolores de espalda y reprimiendo mis respuestas defensivas, y le dije que sí, pero que también tenía muchas ventajas. Ella me dijo que en sus tiempos no había esas cosas, que sus tres hijos eran ya mayores y que era la feliz abuela de tres nietos. La admiré por haber tenido tres niños y le confesé que muchas veces yo me siento bastante agotada con sólo dos. A ella le apenó que en Alemania las mujeres tengan cada vez menos niños y le echó la culpa a los largos años de estudio que los jóvenes tienen que pasar hasta poder empezar a ganar dinero y experiencia laboral, pues cuando todo eso pasa, las jóvenes parejas empiezan a bordear los cuarenta y es sabido que los años de fertilidad femenina tienen fecha de expiración. Por supuesto que también mencionó lo costosos –en términos de Euro– que pueden llegar a ser los hijos… Cada vez ropa y zapatos nuevos y conforme crecen, crece también el gasto, decía ella.


Para terminar con la terapia de la que fui testigo, la señora de la gran nariz roja se alegró de que los oscuros días de la guerra fueran ya parte del pasado, de que los bombardeos británicos y estadounidenses contra Alemania no fueran más que un mal recuerdo y que finalmente la paz reinara en Alemania. Me agradeció por la amabilidad que tuve al escucharla y sonriendo se despidió no sin antes piropear mi dentadura y mi juventud. ¡Yupi!

10 de junio de 2010

Los Superdemokraticos




Si hay algo que de verdad me gusta es la realización de una buena idea, y ésta sí que lo es. A partir de mañana el ciberespacio contará con una nueva iniciativa de comercio justo intelectual en la que participarán 20 escritores, 15 latinoamerican@s y 5 aleman@s, tod@s ell@s jóvenes y con la tarea de revelarnos desde la diversidad de sus latitudes, las vivencias que la democracia les depara en el día a día.

Culpables de este proyecto: Rery Maldonado, una tarijeña que reside en la intercultural e incansable Berlín y Nikola Richter, una autora alemana que ha aprendido a conocer Latinoamerica desde Berlín. Su proyecto es una iniciativa que recibe el apoyo de la “Agencia Federal para la Educación Política (Bundeszentrale für politische Bildung/bpb) y el Future Challenges, un emprendimiento de la fundación Bertelsmann, para el intercambio intelectual sobre problemas globales en la red”.

“La intención del blog Los Superdemocratikos es lograr un espacio abierto donde tenga lugar un diálogo horizontal entre Alemania y América Latina, con la idea de que nuestra generación, al ser la primera en tener acceso permanente a las herramientas técnicas de la globalización, posiblemente tenga una manera parecida de plantearse las preguntas de nuestro tiempo, a ambos lados del Atlántico”.

El blog estará abierto durante cuatro meses y el “clic inicial” tendrá lugar este 11 de junio. Esta aventura busca “lograr un muestrario entretenido de las experiencias a las que se exponen las personas en países democráticos occidentales, frente a preguntas elementales como su sexualidad, su posibilidad de viajar, su entorno laboral, su capacidad de participar en los procesos democráticos de sus respectivos países y sus visiones de futuro (migración, educación, desarrollo, demografía, ecología, etc.).

Wir sind mal ja mal gespannt! –como dirían los alemanes– ¡Estamos a la expectativa!, diríamos los del dulce acento migratorio. ¡Suerte Superdemocráticos!

Otras voces y palabras

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