14 de agosto de 2014

REgaLOJ



Mi flamante 8añero luce con orgullo su reloj nuevo. Todavía le hace falta práctica para cerrar la hebilla, pero ya está más ducho en leer la hora. El reloj le ha dado otra perspectiva a su corta existencia. Esta mañana iba calculando cuántos minutos de viaje llevábamos en la góndola escolar y se sorprendió mucho cuando por primera vez se percató de que viajamos por más de media hora hasta llegar al colegio. Y allí, en ese mismo instante, la cabeza se me llenó de Córtazar y su Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj:

“Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.”

Bueno, a lo hecho, pecho. Cortázar, eres un MAESTRO.

12 de agosto de 2014

Camilocho



Con sus bracitos extendidos hacia arriba y sus piernitas regordetas se acercaba hasta el modular de la sala-comedor-escritorio-habitación de huéspedes que teníamos en Alemania y repetía sin cesar “micana, micana, micana”. Yo lo miraba extrañada sin saber a qué se refería y aunque le preguntaba qué quería, él solo repetía “micana, micana, micana”. Fue quizás su segunda palabra, no tenía ni siquiera dos años y ya mostraba toda su intensidad a menos de un metro del piso. Cuando finalmente logré entender lo que quería, se iluminaron sus cachetes y sus ojazos y la “micana” comenzó a sonar desde la radiograbadora que yacía silenciosa en lo más alto del estante. Mi hombrecito mayor está a punto de cumplir ocho años, ese número que me sacude todos los recuerdos y una que otra impertinente lágrima de madre. Ya no son siete, son ocho, la plenitud de su niñez. 

A los tres años de edad, el 7añero de hoy dormía rodeado de un séquito de muñequitos, pelotas de colores y juguetitos. Uno de ellos, el más querido, era un pequeño “Lightning McQueen” que vibraba divertido cuando se le estiraba la tira que traía en la parte trasera y que en casa era comúnmente conocido como “ato-tele” (el auto de la tele). Que mi hijo se viniera por las noches a nuestra cama era un trabajoso traslado. Había que cargar todos los juguetes que custodiaban su sueño y acomodarlos para que los tres (o los doce) pudiéramos seguir durmiendo. Ahora no hace falta el séquito, se viene solo y se expande en la cama con brazos y piernas sin percatarse de los puñetazos y las patadas que propina a los durmientes de su cama ajena. 

Le gustan las matemáticas, le fascina el fútbol, la bici (aprendió a los tres), escribe cuentos, pelea con su hermanito, toca el piano, quiere aprender guitarra, me abraza y constantemente me pide “una sonrisita” (especialmente cuando me toca el papel de bruja sin escoba); por ahora anda melenudo, con los dientes de conejo a medio crecer, flacucho y torbellino. Atrás quedaron los minutos en los que acostado en su cobijita me dejaba tomar una taza de té y comer un pedazo de pastel durante las reuniones de los viernes con mis amigas-mamás en Alemania, era el único que podía pasarse toda la tarde sin dar trabajo. Mi hombrecito se ha convertido también en un hermano mayor no sólo cariñoso, sino que cuenta también con todas las características de uno: defensor de su propiedad privada y usurpador de la tranquilidad de su hermanito con los típicos: “Te lo dije”, “¿Ves?” y “Fue sin querer”. Mi hombrecito es además, una maquinita de preguntar y de argumentar cuando se trata de discutir con sus padres. El “pero mami” o el “pero papi” vienen seguidos de una interminable retahíla de ideas. Hay preguntas que no sé cómo contestar y argumentos que horas más tarde me ponen a pensar. 

Hijito, tus 3.880 gramos con los que viniste al mundo se han convertido en 24 kilos y tus 51 cm de ternura del primer día son ahora 122 cm de puro amor y alegría. Ocho años ya y me has enseñado lo fuerte y lo valiente que eres. Te amo hijo, te amo, te amo, te amo y termino ya porque no tengo kleenex a la mano.

8 de agosto de 2014

Madre modo turbo



Ayer, jueves 7 de agosto, suspendieron las actividades escolares; es decir que no tuve que mandar a mis hijos al colegio. Todos avisados menos el despertador. El disciplinado escandoloso hizo lo suyo a las seis menos diez de la madrugada. Apenas abrí un ojo –y lo abrí a penas realmente– desactivé al soldado madrugador para que dejara de sonar y me dejara dormir.

Hoy, viernes 8 de agosto, el disciplinado escandoloso se cobró la revancha y no dijo ni pio. Cuando faltaban 15 minutos para que la góndola escolar recogiera al 7añero de la puerta brinqué de la cama –textualmente– y activé a la madre-modo-turbo que anida en mí e hice –como dijo papá Oso, es decir MyJasband– que lo imposible se haga posible. 

Y voilà son más de las nueve de la mañana y me dispongo a colgar este texto en mi blog y dentro de algunos minutos me preocuparé por lo que voy a poner a la familia en su plato del almuerzo y más tarde iré a trabajar y saldré a las dos de la tarde, buscaré un taxi y llegaré a casa a presenciar en los platos apilados en la cocina si la comida fue un rotundo éxito o todo lo contrario. Y así trancurre el tiempo y yo me pregunto si en realidad soy yo la que activa el modo turbo o son los minutos los que se atoran desordenados con tal de liberarse del reloj y del tedio de la tranquilidad.

Otras voces y palabras

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...